El Dije

28 de April, 2026 4 min de lectura Relatos
El Dije
Soplé para quitar los restos de viruta y la alejé para admirarla mejor. Otra hermosa estatuilla de madera estaba terminada.
No sé cómo había surgido esta habilidad; por aburrimiento tal vez, para entretenerme en las largas esperas por un cliente, en un negocio que no funcionaba tan bien como esperaba.
Quité algunas espinillas que sobraban con la uña, la miré a contraluz, girándola despacio, un poco a cada lado. Vi su contorno definido y me di por satisfecho con la tarea.
La puse en el estante detrás mío, junto a las demás. Las acomodé un poco: los espacios simétricos, paralelas cada una al borde de la repisa. Detalles que eran necesarios para mí.
Un TOC, dirían algunos; orden artístico, diría yo. ¿Qué saben ellos?

Cada una era un logro, una idea materializada, una visión mía de la realidad. Justo esa misma que me daba tiempo excesivo para el arte a costa de mi estabilidad económica.
Hacía varias horas que no entraba nadie al negocio y ya me empezaba a preocupar.

La voz me trajo súbitamente a la tierra.
—Buenas tardes, quisiera… —hizo una pausa, una larga pausa.
Era un hombre de apariencia amable, bien vestido, pero algo me llamó la atención: algo extraño, muchos pequeños dijes prendidos a su ropa.
Volví en mí a la fuerza.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo servirle? —dije en ese modo amable automático.
Frunció el ceño al tiempo que señalaba dubitativamente algo a mis espaldas.
—Esas estatuillas, esas de ahí —comenzó a hablar.
Me di vuelta a mirar lo que ya sabía que estaba ahí, solo por reflejo, para estar seguro de a qué se refería. Lo interrumpí:
—No, disculpe, eso no está a la venta. Son mías.
—Entiendo, ¿pero quién es el artista? No había visto semejante talento en mucho tiempo.
Contuve mi orgullo apretando los labios, ahogando una sonrisa de reconocimiento, pero sentí un cierto calor en los pómulos. No pude contenerme mucho más y se me escapó:
—¿De verdad le gustan?
—Son muy buenas, naturales casi… —se detuvo un segundo y recorrió mi entorno. Noté cómo repasó la vista por mis manos y los restos de madera al costado del mostrador. Su mirada era intensa—. ¿Casi qué?
—Casi vivas —completó, como para sí mismo—. ¿Usted es el artista, verdad?
Reconocimiento. ¿Qué más quiere uno de nosotros? Un pequeño aplauso, aunque sea de uno. Tocar algo en el alma de alguien.
Respiré profundo, llenándome de ese momento.
—Así es —dije mientras me volvía y tomaba una—. Tal vez quiera ver esta de cerca —le dije con complacencia mientras apoyaba la figurilla delante de él.
La tomó con cuidado, escudriñándola, palpando detalles con la yema de los dedos.
—¿Podría…? Es decir, ¿me permitiría…? —dijo, señalando una detrás mío.
—Claro que sí —le dije, y rápidamente la tomé y la puse delante de él.
—Magnífica. Este detalle, aquí… ¿cómo lo hace? Quiero decir, ¿qué lo inspira?
Qué buena pregunta, pensé. No estaba seguro de qué responder. Para mí era natural: era aburrimiento, eran horas de práctica, era algo que tenía que hacer.
—La gente. Bueno, la poca que viene aquí. Mire esa: una mujer que vino la semana pasada con un vestido que tenía dibujos negros y violetas. No puedo darle el color en la madera, pero puedo expresar cómo la vi yo.
Mientras decía esto, tomaba otra.
—Esta… ya ni recuerdo cuándo vino, pero sí cómo lo vi. Un hombre con un pequeño perro, frágil, pero para mí uno sostenía la vida del otro, como si fueran uno.
Hablé de dos o tres estatuillas más.
Él asentía rítmicamente y cada tanto me miraba con una ceja levemente levantada, pero su atención estaba en los detalles; los recorría con los dedos.

De repente me di cuenta.
—Disculpe, lo estoy abrumando con mis detalles. Es que a veces me emociono, y ya ve que no viene mucho público interesado en arte por aquí.
—No, no, no, está bien. Esto me interesa. Es algo que estaba buscando. No es algo común. Es para mí una sorpresa encontrarlo por aquí y una fortuna también —dijo, cambiando de tono a medida que acababa la frase.
—¿Le interesa…? No sé cómo expresarlo —dije y me aclaré la garganta—. Tal vez adquirir alguna de mis obras.
Sonrió de manera extraña. Me sorprendió.
—En cierto modo admiro su talento, y sí, quiero adquirirlo, pero…
—Entiendo —dije con algo de decepción—. No tiene el dinero.
—No, no es eso. Esta parte siempre es incómoda —dijo, apenas audible.
—Disculpe, no le entendí.
Levantó la vista y me miró fijo, profundo. Podía sentir cómo revolvía dentro de mi alma, buscando no sé qué.
—Mire estos —señaló su ropa—. Cada uno es como usted. Quiero decir, como lo que usted tiene. Los necesito para que termine de una vez.
—No le entiendo —esta vez lo dije algo tenso. Algo cambió definitivamente en el aire.
—Su talento. Necesito su talento. Además, encontrarlo aquí, en este lugar apartado, es una suerte.
—Espere, no entiendo, ¿cómo que…?
—Esta parte siempre es incómoda, pero termina rápido. Tranquilo.
Estiró la mano hacia él y lo tomó como quien recoge algo que siempre le perteneció.
Caminó unos metros hacia la salida, acomodándose su nuevo dije.
Se volvió a ver el mostrador vacío, solo custodiado por una o dos estatuillas.


Brian Flores

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